Todos llevamos dentro a nuestro niño interior. Ese que vive en la inocencia, que disfruta de lo simple, que ríe y llora sin máscaras y que, sobre todo, no juzga… simplemente ama.
Hace unos días, observando el caos que atraviesa nuestro mundo actual, me detuve en esta reflexión y me pregunté: ¿dónde está ese niño interior? Pareciera que hemos ido perdiendo la virtud de la escucha, de la vida en comunidad, de la sana convivencia, del respeto, de la fidelidad y de la amistad. En su lugar, muchas veces privilegiamos la competencia, la excelencia entendida como superioridad y el individualismo que nos empuja a querer ser mejores que el otro.
Pero ¿de qué sirve pasar la vida compitiendo si no somos capaces de convivir con nosotros mismos?
La pregunta es profundamente filosófica y podría dar lugar a una larga conversación frente a un café (algo que, por cierto, cada vez hacemos menos). Hoy parece más fácil enviar un sticker, hacer scrolling en el móvil o responder con un mensaje breve por mensajería instantánea. Entonces vuelvo a preguntarme: ¿dónde quedó ese mundo mejor que imaginábamos cuando éramos niños?
Disfrutar de lo simple a veces nos desconcierta. Caminar bajo la lluvia de regreso a casa, oler el café recién preparado por la mañana, jugar con el perro o el gato, cocinar para quien amamos, tomar una ducha caliente y luego recostarnos con un buen libro o una serie. Reír con alguien, o simplemente compartir el silencio con ese amigo que tanto queremos.
Tal vez la felicidad tenga más que ver con eso: con habitar el presente, con reconocernos en el aquí y ahora y permitirnos valorar la simpleza que la vida nos ofrece.
La música, en este sentido, nos brinda una posibilidad de sentido. En sí misma es sonido organizado; somos nosotros quienes le otorgamos emoción, memoria y significado. Si imaginamos una cabaña frente a un lago en invierno, la lluvia golpeando suavemente las ventanas, una calefacción que cobija el espacio y una taza de chocolate caliente entre las manos, probablemente ya sintamos cierta calma. Pero si a esa escena le sumamos la escucha de Clair de lune de Claude Debussy a bajo volumen, dialogando con el sonido de la lluvia, la experiencia se transformaría inmediatamente, creando una asociación única, un refugio interior al que podríamos volver en momentos de ansiedad o de caos. Fortalecemos nuestra memoría emocional.
No es lo material lo que nos entrega tranquilidad y paz, sino las experiencias que vivimos y la manera en que las integramos en nuestra historia personal.
La invitación, entonces, es sencilla y profunda a la vez: volver a lo simple, amar sin cálculo, conversar sin prisa, practicar la compasión (y también la autocompasión) como uno de los mayores regalos que podemos ofrecernos como especie.




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