Tras una semana de actividades vinculadas a la celebración de la Semana de la Educación Artística, quedan un sinfín de emociones, propuestas y el deseo profundo de seguir fortaleciendo la colaboración y el activismo pedagógico-terapéutico.

Y es que en este contexto, la intención ha sido contribuir a la vinculación afectiva y socioemocional de todas las personas participantes, potenciando así el mejoramiento de la calidad de vida a través de experiencias significativas.

Desde esta mirada integradora del ser, Shapira et al. (2007) definen al ser humano como un ente biopsicosocioespiritual; es decir, una confluencia de dimensiones y potencialidades que deben ser consideradas al momento de interactuar y generar vínculos.

A partir de ello surgen preguntas inevitables: ¿Qué buscamos realmente en estas experiencias? ¿Cómo interactúan quienes nos observan y participan con nosotros? ¿Y qué papel asumimos en ese proceso?

Estas interrogantes cobran sentido a través de dos experiencias que quisiera compartir, ambas desarrolladas en jardines infantiles con párvulos desde los 4 meses hasta los 5 años. Cabe señalar que estas intervenciones poseen un enfoque marcadamente musicoterapéutico, donde el objetivo principal no es enseñar, sino permitir que los participantes puedan simplemente ser en la música.

El primer caso corresponde a un niño con autismo que, tras una mañana marcada por reiteradas desregulaciones, se incorpora a la sesión junto a su grupo. Las educadoras, visiblemente preocupadas, intentaban guiar su participación mediante el uso de instrumentos y consignas habituales.

Sin embargo, la propuesta —no verbalizada, sino transmitida desde el lenguaje corporal y la disposición del espacio— era otra: experimentar en la música sin juicio, sin estructura, sin patrón… simplemente explorar.

Y ahí ocurrió lo esencial.

Él pudo contectar consigo mismo y con el instrumento que eligió —o que, quizás, lo eligió a él—. A partir de allí, todo fluyó: cantó, bailó, improvisó, saltó, experimentó, vibró, se emocionó. La experiencia se volvió significativa, placentera, y propia.

Un nudo en la garganta se me hizo al sentir tal afecto y gratitud por parte de él.

Tras finalizar la sesión, la educadora de párvulo se acerca atónita y me dice: no sé cómo se logró; no hubo instrucción, no hubo palabra… solo música.

Vemos una necesidad y trabajamos en virtud de ella.

El segundo caso corresponde a otro jardin infantil, cuyos párvulos se mostraban muy interesados por el ritmo y el baile, con los cuales pudieron vivir colectivamente de la improvisación percusiva, el baile libre y la experimentación de los instrumentos que estaban dispuestos.

En este último caso, la experiencia se configuró a partir de los intereses que iban emergiendo en el grupo: algunos se acercaban para explorar los bongós, otros se dejaban llevar por el ritmo del zamba a través del movimiento, mientras algunos se maravillaban con el sonido del palo de agua y otros acompañaban con palmas y percusión corporal. En este contexto, la libertad de expresión y exploración se convirtió en el eje central de la sesión.

No hubo instrucción verbal, no se necesitó elevar la voz; solo música y exploración. Lo único que había que hacer era disfrutar de esa libertad y de vincularse individual y colectivamente a través de este bello arte.

Un hoja en blanco donde los colores y formas los hacemos entre todos y todas, sin prejuicios ni predisposición. Solo ser.

Referencias bibliográficas

Schapira, D., Ferrari, K., Sánchez, V., y Hugo, M. (2007). Musicoterapia Abordaje Plurimodal. ADIM Ediciones.


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